El pececito

Hace unos días escuché la noticia terrible del niño Gabriel.
No puedo por menos que estremecerme cada vez que lo escucho.
Un niño...
Un niño nunca debería pagar las consecuencias de "cosas de mayores".
Sentí miedo por mi hijo, rabia hacia la mujer que lo hizo y pena por los padres, mucha pena.
Fueron sentimientos confusos. Todos al mismo tiempo dando vueltas en mi interior.
Escuché muchos mensajes de rabia, de sed de venganza hacia la presunta asesina.
Y luego ella...
Su madre, su pobre madre, huérfana de hijo, fue capaz de decir lo que muchos no se atreven porque es de cobardes. Su madre, su propia madre, que lo acaba de perder, pide que no se hable de la bruja del cuento, que quede lo bueno, las risas de su niño y su felicidad...Se fue para siempre, ya no volverá, ahora nada libre el pececillo.
¿Quiénes somos nosotros para juzgar?
¿Acaso somos jueces y parte de esta historia?
¿Acaso podemos hacer algo para que esto no haya ocurrido?
Pero hay que ser fuerte, hay que demostrar los machos y lo duros que somos. Hay que pedir venganza, hay que pedir sangre. Hay que coger de golpe lo que queremos, hacer lo que nos pida la rabia que nos llena... y eso, amigos míos, fue lo que llevó a la muerte del pececito, la rabia... el pensar en la sangre, el querer hacer lo que queremos por la bravas, por la fuerza.
Su madre lo sabe y no quiere más, ha elegido vivir y que todos vivamos. No se puede vivir una vida de rencores y venganza. No se puede vivir con la culpa porque eso no es vida. Lo fácil es dejarse llevar, que te lleve la corriente hacia lo malo, la sed de venganza, hacia la culpa y la violencia. Hay que ser fuerte, pero fuerte de verdad, para plantarse ante la amargura y no dejarla pasar. La vida se vive, no se lucha en una batalla sangrienta.
Yo tampoco puedo, yo tampoco quiero. Elijo mirar hacia delante, elijo vivir la vida.

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