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Mostrando entradas de abril, 2018

El cazo de Lorenzo

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María se miraba las manos, aún las tenía suaves gracias a las cremas que usaba y a que tenía la precaución de usar guantes para limpiar y fregar los platos. Se acordaba de las de su madre, llenas de nudos y con los dedos un tanto torcidos, como su abuela. Las suyas no eran así, aunque el dolor era igual de duro. Primero empezó en la rodilla. Visitó a su médico de cabecera, le recetó miles de pastillas pero el dolor continuó. Hicieron pruebas, análisis y radiografías, todo estaba correcto. Después siguió la cadera, sobre todo por las noches se volvía insoportable. A veces, incluso, tenía que levantarse y tratar de caminar para que el dolor dejara de machacarle las entrañas. Le aconsejaron que bajara de peso, eso ayudaría. Adelgazó y los dolores remitieron un tiempo. El pilates fue su salvación. Dicen que son estiramientos y movimientos lentitos, es mucho más que eso. ¡El pilates es vida! Los dolores no desaparecieron, no obstante ayudó a sobrellevarlos y a tener días estupendos en ...

El fuego que no cesa

En ocasiones es necesario contar con una llama, con una chispa, con un fuego que nos caliente la vida, que le de esa calidez propia de ser humano. Necesitamos sentir la hoguera viviendo en nuestro interior para saltar al vacío de las situaciones diarias que requieren una acción rápida. Necesitamos ese estrés para estar atentos a los estímulos externos, a los posibles ataques y poder defendernos o actuar en consecuencia. En determinados momentos es imprescindible tenerlo, pero también es muy necesario saber apagarlo o mitigarlo. Existen los extintores, los cubos de agua, la consabida tapa sobre la sartén en llamas o una buena manta que tape un conato de incendio. Sin embargo, existen almas incombustibles ávidas de un fuego continuo que a veces se vuelve incontrolable. Un cerebro el llamas. La llama que no cesa quema, arrasa, acaba llevándose por delante todo lo que encuentra a su paso. El fuego que no cesa es una hipervigilancia constante. Es una lengua de lava que se alimenta de los s...

El calcetín rojo

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Me pasé una hora buscando el calcetín rojo. Esa mañana no habían sonado las tres alarmas que tengo programadas en mi móvil cada mañana ¿o quizá sí y las había ido apagando sucesivamente? Estaba tan cansada que ya no sabía ni qué día de la semana era. El niño estaba intranquilo y se había despertado varias veces de noche así que entraba dentro de lo probable que me hubiera quedado dormida. Me levanté de un salto de la cama al ver la hora ¡Las ocho y cuarto! ¿No podía ser? Entraba a trabajar a las nueve y el niño aún estaba por desayunar y vestir. Levanté a mi hijo del tirón, le senté frente a la tele en el orinal y le di un vaso con leche y una galleta. No había tiempo que perder. Me hice los lavaínes del gato en dos segundos, me peiné, me cepillé los dientes y dejé el desayuno para cuando llegara a la oficina. Cogí la ropa preparada del día anterior y me la puse a toda pastilla. ¿Dónde demonios estaba el otro calcetín? Uno lo tenía de la mano pero ¿y el otro? Se había esfumad...

La perilla

Adentrándome en la escritura creativa, me vuelvo osada y me atrevo a practicar algunos ejercicios. El primero de ellos que os escribo, que no el primero que yo haya escrito, trata de sacar al azar tres palabras y escribir un microrrelato. Sacadas del libro del XX Certamen Literario de Relato Breve "Villa de Colindres" Perilla-Asunto-Caminar Nunca me han gustado las perillas. No solo me resultan propias de personas un tanto narcisistas si no que me parece que son poco higiénicas. Ambas ideas pueden resultar un tanto contradictorias pero si os paráis a pensarlo no lo son tanto. El asunto es que una perilla no es más que una barba cuidada con mimo, una tarea que lleva a la persona portadora a pasarse todos los días un buen rato frente al espejo para retocarla, mirarla y asegurarse de que está los suficientemente simétrica. Afeitar aquí y allá. El portar un vestigio de barba rasurada confiere un carácter un tanto ególatra a dicha persona. ¿Para qué vas a querer ponerte...