La perilla

Adentrándome en la escritura creativa, me vuelvo osada y me atrevo a practicar algunos ejercicios.
El primero de ellos que os escribo, que no el primero que yo haya escrito, trata de sacar al azar tres palabras y escribir un microrrelato. Sacadas del libro del XX Certamen Literario de Relato Breve "Villa de Colindres" Perilla-Asunto-Caminar


Nunca me han gustado las perillas. No solo me resultan propias de personas un tanto narcisistas si no que me parece que son poco higiénicas.
Ambas ideas pueden resultar un tanto contradictorias pero si os paráis a pensarlo no lo son tanto. El asunto es que una perilla no es más que una barba cuidada con mimo, una tarea que lleva a la persona portadora a pasarse todos los días un buen rato frente al espejo para retocarla, mirarla y asegurarse de que está los suficientemente simétrica. Afeitar aquí y allá. El portar un vestigio de barba rasurada confiere un carácter un tanto ególatra a dicha persona. ¿Para qué vas a querer ponerte una barba de peluquería si no quieres regodearte en tu imagen frente al espejo cada día?
Por otro lado está el asunto de la higiene. Si bien la perilla no es tan abultada y enrevesada como las barbas hipster actuales, no deja de ser pelo alrededor de la boca donde quedan todos los restos de comida, los gérmenes que expulsas al toser y estornudar y todo microbio viviente que esté volando alrededor ¡Y ahí queda! Por mucho que te laves, no deja de ser el refugio adecuado para esas E.coli que salen volando cada vez que tiramos de la cisterna del váter sin poner la tapa. Un campo de cultivo perfecto, como una placa de Petri, donde crecerán sanas y lustrosas las bacterias y saltarán felices al próximo bocata que te comas.
Finalmente no tendréis otra opción que darme la razón en este asunto y ver que el narcisismo y la falta de higiene a veces caminan de la mano.

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