El calcetín rojo
Me pasé una hora buscando el
calcetín rojo. Esa mañana no habían sonado las tres alarmas que tengo
programadas en mi móvil cada mañana ¿o quizá sí y las había ido apagando
sucesivamente? Estaba tan cansada que ya no sabía ni qué día de la semana era.
El niño estaba intranquilo y se había despertado varias veces de noche así que
entraba dentro de lo probable que me hubiera quedado dormida. Me levanté de un
salto de la cama al ver la hora ¡Las ocho y cuarto! ¿No podía ser? Entraba a
trabajar a las nueve y el niño aún estaba por desayunar y vestir.
Levanté a mi hijo del tirón, le
senté frente a la tele en el orinal y le di un vaso con leche y una galleta. No
había tiempo que perder. Me hice los lavaínes del gato en dos segundos, me peiné,
me cepillé los dientes y dejé el desayuno para cuando llegara a la oficina.
Cogí la ropa preparada del día anterior y me la puse a toda pastilla. ¿Dónde
demonios estaba el otro calcetín? Uno lo tenía de la mano pero ¿y el otro? Se
había esfumado.
Revolví todos los cajones, vacié
el cesto de la ropa sucia, miré en la lavadora y nada. Esto era cosa de brujas.
¡No puede ser! –me dije- ¡Tiene que aparecer! ¿Dónde está el calcetín
rojo? Durante mis carreras por la casa vestí a mi niño, le lavé la cara y
le oía decir constantemente ¡Mira mamá!¡Mira
mamá!¡Mamá!
Cuando apenas quedaba cinco
minutos para salir de casa y llegar a la oficina justa, me resigné. Las
lágrimas brotaron de mi interior con rabia. Rabia y frustración de no poder
dominar algo tan sencillo como la búsqueda de un calcetín rojo. Me senté en la
cama, apoyé los pies y noté el frío en el pie derecho, en cambio no en el
izquierdo. Miré hacia abajo y vi que tenía puesto el otro calcetín rojo. Mi
hijo se acercó y dijo Mira mamá, el
calcetín rojo.
Un calcetín rojo, bien podría haber sido un móvil, un
zapato, un bolso, una camisa o la cabeza.

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