El fuego que no cesa
En ocasiones es necesario contar con una llama, con una chispa, con un fuego que nos caliente la vida, que le de esa calidez propia de ser humano. Necesitamos sentir la hoguera viviendo en nuestro interior para saltar al vacío de las situaciones diarias que requieren una acción rápida. Necesitamos ese estrés para estar atentos a los estímulos externos, a los posibles ataques y poder defendernos o actuar en consecuencia. En determinados momentos es imprescindible tenerlo, pero también es muy necesario saber apagarlo o mitigarlo. Existen los extintores, los cubos de agua, la consabida tapa sobre la sartén en llamas o una buena manta que tape un conato de incendio. Sin embargo, existen almas incombustibles ávidas de un fuego continuo que a veces se vuelve incontrolable. Un cerebro el llamas.
La llama que no cesa quema, arrasa, acaba llevándose por delante todo lo que encuentra a su paso. El fuego que no cesa es una hipervigilancia constante. Es una lengua de lava que se alimenta de los sentimientos de tu alma y los pensamientos corruptos. La lengua crece, sube por la chimenea de tu volcán interior hasta llegar a explotar mientras tu cuerpo malvive bajo la lluvia de piroclastos.
¡Apágalo! Te dicen.
¿Acaso es posible apagar el coloso en llamas con el soplido de un ánima exhausta?
La llama que no cesa quema, arrasa, acaba llevándose por delante todo lo que encuentra a su paso. El fuego que no cesa es una hipervigilancia constante. Es una lengua de lava que se alimenta de los sentimientos de tu alma y los pensamientos corruptos. La lengua crece, sube por la chimenea de tu volcán interior hasta llegar a explotar mientras tu cuerpo malvive bajo la lluvia de piroclastos.
¡Apágalo! Te dicen.
¿Acaso es posible apagar el coloso en llamas con el soplido de un ánima exhausta?
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