Lo que mecían tus olas
Lo que mecían tus olas
El sol de primavera iba calentándole poco a poco la piel, notaba como los dedos de la mano perdían esa rigidez matutina y una sensación de paz le colmaba por dentro. Sujetaba firme el timón. El restallar de las olas chocando con la superficie del barco era apenas imperceptible y la mar se mostraba como un plato ante él. Ginés cerró los ojos, la suave tibieza le hizo quedarse adormilado y soñar, viajar a tiempos pasados.
Tan sólo es un niño y recuerda a su madre paseando feliz en esos días de sol tan escaso en tierras cántabras.
El puerto es todo un trajín y una fiesta. Los vecinos se han congregado alrededor de la machina para ver bien la pieza que ha traído su padre. Ha sido de las legendarias, según ha oído decir a un hombre mayor. Recién llegado a puerto no faltaron los curiosos que iban a ver las buenas nuevas.
—¡Vaya suerte! —decían algunos admirados,
—¡De esos ya no quedan! —exclamaba otros convencidos.
Otros pocos se arremangaron enseguida y fueron a por un buen chicote para atar la cola del bonito y sacarlo del barco.
—¡Menudo animal! —se oía al fondo.
Todos se arrimaban expectantes a fisgonear, se acercaban, tocaban como dudando de que fuese real. Lo izaron bien alto, colgándolo para medirse junto a él. No había que perder la ocasión, no eran muchos los que entraban a puerto con una captura de tal calibre. Los afortunados que contaban con una cámara de fotos le sacaron buen provecho, los clic clic sonaban junto al tras tras del carrete al girar.
A Ginés le daba un poco de miedo acercarse. El pez tenía los ojos grandes, negros y se sentía observado. Había algo de hipnótico y mágico en ellos, era una mirada penetrante y profunda, parecía que le iba a agarrar por dentro de sus propios pensamientos. No le encontraba la gracia a ponerse al lado de algo tan grande.
—¿Por qué no lo han dejado donde estaba? Allí en el agua bien lejos no me da miedo—espetó Ginés resuelto — ¿Y si se le cae a alguien encima y le aplasta? ¡Menuda ocurrencia colgarlo, son todos unos inconscientes!
Hicieron falta seis buenos mozos para colgarlo y otros tantos para descolgarlo. Su vecino Tonio ofreció el carro para ayudar a llevarlo entero hasta la casa y, de paso, lucirlo por todo el pueblo
Al niño no le hacía ninguna gracia ir subido en el carro al lado del tremendo túnido. Los reflejos del sol sobre su costado hacían que cambiara de color y sus brillos eran cuanto menos inquietantes. Sabía por su padre que había atravesado un océano inmenso. Se lo imaginaba en su camino librando mil batallas y luchando contra feroces ballenas asesinas. Debía ser algo parecido a lo que ocurría en las películas de indios y vaqueros, que tanto le gustaban, en las que siempre había alguien dispuesto a disparar. El bicho habría luchado, se habría defendido y ahora estaba vencido, tirado, rezumando poderío junto a él.
Con el trantran del carro fueron poco a poco saliendo del puerto, recorrieron toda la calle de José Antonio Primo de Rivera. Varias filas de chavalucos se acercaban corriendo y daban saltitos para ver el pez. Enfilaron la recta para ir a dar a la calle Sainz Ezquerra. Desde allí podía ver bien el puente de hierro, castigado por la huella inevitable del tiempo, haciéndose cada vez más pequeño conforme avanzaba al trantran.
Los de Treto decían que el puente era suyo, pero la verdad es que estaba encima del río, por allí pasaba quien quisiera así que Ginés estaba convencido que era de todos.
Su abuelo Manuel solía regalarle el oído con historias y a él le encantaba escuchar sus batallitas:
—Cuando iba a la escuela y oíamos la bocina del vapor, aquello era un alboroto. Salíamos corriendo hacia el puerto para contemplar el espectáculo. Nos colocábamos en el centro del puente mientras un operario giraba un mecanismo, igualito que el de tu carraca, y entonces, giraba y dejaba paso al barco hacia Limpias— le contaba el abuelo entusiasmado, sus ojos se volvían alegres por un momento y Ginés no le decía que creía que le estaba contado una patraña porque él nunca había visto moverse el puente; sin embargo, adoraba ver la cara de felicidad de su abuelo.
—No creas que no costó construir el puente. ¡Menudo pleito hubo! Los de Limpias no querían, sería acabar de rematar el cierre de su puerto comercial y a nadie le gusta que su pueblo deje de tener salida al mar. —Su abuelo paraba en seco en esta parte, como si le doliera en lo más profundo.
—Hasta tres veces tuvieron que rehacer el proyecto para dar gusto a todos.—continuaba Manuel— No me extraña que el malogrado Eduardo Miera no llegara a verlo girar.
Ginés echaba de menos a su abuelo, su padre no era tan dicharachero como él, solo pensaba en la pesca y en bonitos. Aguantó las lágrimas, porque los niños no lloran y disimuló mirando hacia atrás.
—¡Menos mal! Ya queda menos para llegar a casa.
Al fondo se veían rojear bajo el sol los ladrillos de la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen. Su casa estaba justo detrás. Allí vivía con sus padres y dos hermanos. No era muy pomposa, aunque sí era caliente en invierno y fresca en verano. Tenía tres plantas, el blanco encalado del exterior contrastaba con la piedra de la casa de sus tíos que estaba adosada a la suya. La siguiente de la fila era también de un familiar, un tío cura, no le caía bien, siempre le estaba regañando y dándole capones porque decía que era un miedica que se mareaba en la mar.
En pocos minutos, que se le hacen eternos, llegan a casa y él se apea a toda velocidad. Escucha canturrear a su madre y el bullicio de los mozos descargando el bonito. Lo llevan en volandas para depositarlo en una mesa en el patio.
De repente oye un ruido seco risras, se gira y ve a su padre con el cuchillo lanzando cortes certeros encima de la mesuca de madera. De dos movimientos ya tiene abierto el pescado y sacadas las tripas. Risras, corta la cabeza que luego servirá de carnada para el quisquillón o la quisquilla. Risras, cortado el cogote de carne suave que condimentará una deliciosa marmita. Risras, saca la ventresca, la parte más jugosa y tierna. Risras, continúan sus cortes. Risras, contra el bonito. De sus firmes movimientos surgían ruedas de tamaño casi exacto.
Embelesado en el vaivén del cuchillo y en el Risras de ritmo rápido, observa a su padre, un hombre pequeño que no despega apenas metro y medio del suelo. Es regordete y algo torpón, pero su complexión no le impide cortar en un santiamén a tal espécimen de más de cincuenta kilos que ha conseguido sacar de la mar. Ya está entrado en años, su pelo rizado y crespo comienza a teñirse de plata, sus manos curtidas de sol y salitre están cubiertas de pliegues duros. Su padre es de raza brava de mareantes de Colindres, que se crece con el mecer de las olas. Un hombre de bien y buen navegante a bordo de su “Pampero”. La pesca del bonito es su vida. Desde primavera recorre las cantinas y puertos en busca de noticias de las chalupas y pregunta si han llegado ya los peces. Espera con ansia que se acelere el viaje desde el lejano mar de los Sargazos hasta el Golfo de Vizcaya. El barco impecable, los aperos, aparejos y las cañas las tiene preparadas desde meses antes para salir raudo en busca de los ellos. Sus ojos brillan y siente el vibrar de su cuerpo que, incluso, parece crecer varios centímetros cuando dice:
—Ya están aquí, a pocas millas de la costa.
Ginés no entiende que puede haber de divertido en estar sólo en un barco, le da angustia pensarlo. A veces, incluso le cuesta respirar cuando su madre lo encierra en su habitación después de hacer alguna trastada. ¡Qué aburrimiento! La ausencia de sonidos hace que su cabeza vaya muy deprisa, un bucle continuo de pensamientos dañinos, su corazón se agita y las lágrimas brotan. No le gusta la soledad. Es una maldita. Se cuela por la rendija de debajo de su puerta, le agarra con saña y lo deja solo. La soledad le agobia, le abate y le dobla la moral. No entiende a su padre, cree que debe estar un poco chiflado para estar deseando salir de casa y pasar horas en la mar, sin gente con quien hablar, sin escuchar música, ni ruido. Solamente un loco puede querer eso. Sí, eso es, su padre está loco de remate. Algún día vendrán unos señores vestidos de blanco en una ambulancia y se lo llevarán con una camisa de fuerza, como en las películas. A mamá le daría pena y saldría corriendo detrás aporreando el portón trasero.
—¡Vamos Ginés, que no tenemos todo el día! —le grita su padre.
El chico da un respingo y sale del embobamiento que tenía. Juraría que la voz estaba justo a su lado, pero mira a su alrededor y no ve nada, está completamente solo. Gira la llave para detener el motor del barco y poder escuchar bien.
Nada.
—¡Qué extraño! — murmura para sus adentros.
Ginés prepara las varas y los carretes, hace dos años que sale sin nadie a pescar, su padre ya no está. Ahora es un lobo de mar solitario, y una sensación de paz y tranquilidad le invade.
—Sí, por fin sólo. ¡Bendita soledad! —Se regodea en esta sensación, disfruta de la calma, el sosiego y la paz por unos instantes que bien podrían ser horas.
De pronto, uno de los carretes empieza a girar violentamente. Su corazón se acelera. Todo su cuerpo se tensa. El vello de detrás de la nuca se eriza y en su mente resuena una frase:
—¡Ya están aquí! —exclama poniéndose firme de un brinco.
Con un solo movimiento coge con en una mano la caña y con la otra acerca el gancho.
—¡Vas a ser mío! He venido a por tí y contigo volveré— grita con decisión.
Tensa el sedal, tira de él con todas sus fuerzas y ve como los reflejos azulados del lomo del pez asoman a pocos centímetros de la superficie.
—¡Aguanta Ginés! No tires demasiado o lo dejarás escapar —se da ánimos a sí mismo.
Suelta carrete, deja que el pez nade un poco más y nota su fuerza.
—¡Es de los grandes!
El júbilo le llena, está exultante de felicidad. Hace tiempo que no ve uno de ese tamaño, parece salido de sus sueños. Por fin lo tiene, sujeta fuerte el carrete, lo acerca hacia estribor y de un certero golpe le clava el arpón. Las aguas se tiñen de un rojo profundo, la sangre densa se desparrama y fluye entre el salitre. Su corazón trepida, saca fuerzas de donde no las tiene y lo sube a bordo.
—¡Lo conseguí! — profiere lleno de satisfacción.
Se siente dichoso. Las lágrimas surcan la piel tostada de su cara.
Se siente pleno. Llegará a puerto, todos le admirarán. Sentirá el orgullo de haber hecho una proeza. Será una entrada épica. Casi puede sentir el sabor dulce de la victoria en sus labios, la satisfacción de la batalla ganada y del trofeo cobrado.
Se hará fotos con “el bicho”. Se medirán, se mirarán a los ojos y sabrá que él ha sido el vencedor.
Un mismo recorrido, con distintos nombres de las calles, ahora se llaman la Mar y la Magdalena. Un mismo puente, los mismos hierros igual de inmóviles. Mismos hechos a distintos tiempos y con diferente sentir.
Su padre no está y él ya no es un niño.
—Ahora ya siento lo que mecían tus olas, papá.

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